jueves, 22 de enero de 2015

Travesía Galápagos-Pascua (versión larga e ilustrada)

Salimos de San Cristobal casi con nocturnidad cuando rompía el alba. El viento -más al sur de lo que esperábamos- nos permitió “cortar la curva” que habíamos dibujado en nuestra ruta para salir del archipiélagos de las Galápagos; teníamos buen viento (unos 15/18 nudos entrando en 50 grados de babor), hacíamos mejor rumbo del esperado... lo entendimos como el presagio de una buena travesía y no nos equivocamos.



En el cuaderno de bitácora leo que un nubarrón puso el viento loco por un rato, que llovió algo y que había refrescado con relación a Panamá, pero lo que más se repite en las anotaciones es “todo tranquilo”.

El viento los primeros días fue variable pero no hubo que poner el motor para nada, incluso probamos la trinqueta (es con garruchas y no la teníamos en cubierta) y dejamos la maniobra preparada para poder abrirla fácil si el viento subía mucho.



A lo que uno no se acaba de acostumbrar es a las guardias nocturnas (bueno, yo no) y si en tres o cuatro días el cuerpo se medio habitúa al ritmo, una noche de sueño sin interrupciones es suficiente para que lo pierda.
Las tres noches de Galápagos me pusieron de nuevo en la casilla de salida. No recuerdo demasiados momentos concretos de la travesía pero sí el mal humor de esos primeros días (solo superado en cuanto a mala onda por el de los últimos días) cuando Johan me llamaba. Recuerdo haberle dicho que aunque habíamos hablado de la posibilidad de seguir ruta hacia Suráfrica cuando llegáramos a Pto Williams, haberle dicho que lo sentía, pero que yo no quería hacer más travesías largas después de llegar a Chile; solo quería costear, nada de Sudáfricas, ni de Japones o Alaskas, nada de Polinesias...



La tarde siguiente, mientras yo preparaba un té, Johan me dijo que había delfines. Siempre son lindos de ver, siempre te da un subidón, así que subí a saludarlos. La sorpresa, la mayor de las sorpresas, es que no eran un par de delfines sino decenas y decenas de ellos; miraras dónde miraras había delfines en grupos de tres, cuatro, seis, saltando, haciendo cabriolas. Sacamos las dos cámaras de fotos, andábamos como locos de un lado a otro. Por la luz nos iba mejor fotografiar a babor y al rato nos dimos cuenta que la mayoría de los delfines se habían situado en ese lado del Alea. Les gusta la compañía, la atención, el juego, todos querían su foto y parecía que posaran para nosotros.



Johan, con un abrazo y una sonrisa, me hizo notar que a mis quejas sobre las navegaciones largas, el océano me respondía con sus mejores embajadores. En ese momento prometí que no iba a conseguir disfrutar de las guardias nocturnas pero que sería capaz de hacer cualquier navegación que decidiéramos entre los dos porque a los malos ratos se suman momentos impagables... y la balanza -vistas las cosas desde la calma que da la perspectiva- siempre es a favor del mar.


En una anotación del 18 de noviembre escribo “gracias a Neptuno por la travesía más tranquila de nuestra vida. Qué bonito es navegar cuando se navega bonito”, sólo cuatro horas más tarde anotamos que hemos pescado un mahi-mahi de más de 10 kilos que nos daría de comer por toda una semana (y un par de botes de conserva). En verdad a veces no sé de qué me quejo (bueno, si, de mal dormir).

Después de andar rizando velas, con vientos por encima de los 20 nudos, la cosa fue cambiando; con el paso de los días el viento fue girando a popa como para recordarme que no debía haberme quejado de tanto ceñir porque estoy cansada de decir que prefiero la ceñida que la empopada... y de desempolvamos el tangón, recordamos la maniobra, empezamos a movernos como una coctelera y de nuevo parecía que estábamos cruzando el Atlántico.


En este tramo de travesía mi mayor ocupación fue llegar a entenderme con el nuevo piloto automático. Hay anotaciones en las que digo “me rindo, pongo el piloto electrónico y que Johan lo arregle”, pero días después hay otra que dice “sigo peleando con Fleming” seguida de una anotación de la guardia de Johan que díce “lo has conseguido, me lo has dejado bien trimado” (tenemos estas cosas de hablarnos a través del cuaderno de bitácora). Al final gané la batalla y aunque sigo estando un par de niveles por debajo de Johan en el manejo del instrumento, diremos que ya puedo navegar con él sin problemas y que se ha portado genial toda la travesía, especialmente después de Galápagos con su nueva veleta. Ha llevado el barco a rumbo en todo momento (salvo cuando el viento era tan escaso que hacía que el barco fuera ingobernable) y se ha gando nuestra confianza. Un 10 para Fleming.



Y el viento que nos había acompañado durante días se fue viniendo a bajo. Probamos con el tangón y más tarde con el génnaker -pero como yo no quería la vela grande en mis guardias nocturnas- tocó poner el motor para adelantar.


La temperatura en las noches ya iba bajando y montamos la cama grande en el salón y sacamos el nórdico para abrigarnos ¡qué gusto después de tres años en los que hasta una fina sábana molestaba por el calor!

Los días previos a la llegada a Pascua fueron de lucha por sacar unas millas a vela alternando con largos ratos a motor (motor apoyando el génova, motor sólo con la mayor para estabilizar) y de nuevo viento suficiente para avanzar a buen ritmo con una vela a cada banda. Algún que otro rato de lluvia y por fin Pascua a la vista.


Pascua es una isla montañosa por lo que la vimos desde una buena distancia; primero ves una cumbre y dices “Pascua a la vista” y después ves otra cumbre y dices “no está mal el tamaño de Pascua” y después ves una buena montaña y dices “pues si que es grande Pascua” y poco a poco la ladera se define, el verde del pasto y el ocrre de la tierra, la escasez de árboles, las olas rompiendo con la costa.

Recién llegados a territorio de la isla recibimos la llamada de Pascua Radio: la armada chilena tiene fama de ser una de las más activas en cuanto al seguimiento de los veleros que hay en sus aguas. No sabemos qué tan estrictos serán en un futuro pero desde luego en Pascua -tal vez porque éramos el único velero- nos han llamado como mínimo una vez cada día para ver cómo andábamos. Tal vez habrá quien se sienta controlado, pero la verdad es que yo me siento (o he decidido sentirme, que para el resultado es lo mismo) mimada y protegida. Son gente simpática!

Preguntaron qué intenciones teníamos y al decir que fondear en Hanga Roa -la capital- nos informaron de que el viento era fuerte y la ola fea pero que ok. Al aproximarnos vimos que el mar estaba muy agitado y pedimos permiso para fondear en Vinapu -uno de los cuatro fondeos de la isla- situado al sur.

Navegamos con las cartas de Navionics y tenemos el archivo del continente americano pero , oh! Sorpresa, Pascua debe considerarse una isla del Pacífico (que lo es) y no aparece en nuestras cartas (a pesar de ser parte del continente americano) bueno, salir sí que sale, pero con una forma de cajita de zapatos que ni coincide con el perfil de la isla ni está situado en el punto geográfico que corresponde, así que por primera vez hemos navegado guiados únicamente por el compás y la vista y con la carta de papel del Atlas de la armada chilena.


Con el visto bueno de la armada pusimos rumbo al fondeo, pasando por un pasillo entre la isla y unos islotes bellísimos ¡guau! Qué bonito esto de Pascua. Llegamos al fondeadero y seguimos las buenas indicaciones de las cartas de la armada. Indican un punto de 20 metros de calado -mucho- pero que es una gran mancha de arena -buen agarre- y allí nos quedamos sabiendo que a media noche el viento iba a girar e íbamos a estar fatal y posiblemente tocaría movernos hacia Hanga Roa de nuevo. Yo sólo pedía que eso fuera más tarde que temprano para poder dormir del tirón... pero no!

Por el sonido del viento era fácil saber que la cosa se iba poniendo fea. Con vientos de 25 nudos y el ancla echada en más de 20 metros urgía moverse porque las olas eran cada vez más altas en el fondeo y nos daba miedo romper el molinete. La ilusión de dormir 8 horas del tirón tendría que esperar un día más. A las 3 de la madrugada, noche oscura, ya estábamos navegando de nuevo. Menos mal que teníamos guardado el track en el plotter y que el radar funciona de maravilla, porque no se veía nada y sabíamos que teníamos un pasito un tanto angosto que pasar. Informamos a Pascua Radio de que nos movíamos -nos habían pedido avisar de cualquier movimiento- y nos dieron el visto bueno pero pidiendo que no llegáramos a Hanga Roa antes del alba ¡¿?! sólo son 8 millas y era pura noche... en fin, pusimos motor al mínimo y fuimos avanzando despacito con la esperanza de llegar cuando despuntara la luz del día. Llegamos al nuevo fondeo cuando el sol apenas apuntaba pero bien, vimos en el último momento una serie de boyas ¿serían para fondear? pero decidimos ir al ancla donde las cartas indican.


Estábamos a punto de largar cadena cuando nos llaman por la radio y nos dicen que ya podemos fondear porque estamos en un buen punto... nos estaban viento desde sus oficinas y coincidían con nosotros en la posición del fondeo, bien está lo que bien acaba.

Fondeados nos fuímos a echar una cabezadita con el aviso de que a las 11 venían las autoridades a hacer la entrada y demás papeleo.



Cuando para nosotros eras las 9,40h y aun andábamos dormitando volvió a sonar la radio (empezaba a hacerme menos gracia esto del monitoreo constante) para avisar que llegaban en menos de 20 minutos, agrrrr... resulta que teníamos el reloj una hora mal, así que casi nos pillan despeinados y sin el primer café de la mañana.

Llegaron a bordo 7 personas (entre aduanas, sanidad y demás) y empezaron a llenar papeles. Muy amables y serviciales nos dijeron que eramos el velero 38 que llegaba a la isla ese año y que era el año que habian recibido más veleros de su historia! El encargado de sanidad -sin bajar a rebuscar en las sentinas- me preguntó si teníamos productos frescos y se llevó mis dos cebollas, unos ajos y un par de patatas... nada con respecto a mis conservas!!! todo bien


La entrada en el país nos daba derecho a estar tres meses en él -renovables por tres meses sin necesidad de salir del país, coste del trámite 100 dólares por persona- y un año para el velero. Nosotros habríamos preferido que al salir de la isla los tiempos se pusieran en cero y volver a hacer la entrada en el país en Puerto Montt, porque haciendo el papeleo en Pascua todo el mes que pasaríamos navegando para llegar a Pto Montt restaría de esos tres meses que disponemos, pero no había otra opción. El barco puede estar todo un año en el país, renovable a un segundo año, pasado ese tiempo has de salir del país (y puedes volver sin problemas) o tienes que importar el velero. La gente de otros barcos nos cuenta que estando en el sur no hay problema porque ir de Puerto Williams a Ushuaia es algo habitual y ahí ya cambias de país, y que para los tres meses estando más al norte o en la zona central de los canales, lo normal es tomar un bus por tierra a territorio argentino que por los mismo 100 dólares o un poquito menos te resuelve la papeleta y te permite hacer un poquito de turimo; nosotros esperamos ir a Bariloche antes de partir para el sur!


Todos los trámites tienen un costo de 8 dólares. Eso sí, en Pascua no hay ningún fondeo seguro para todos los vientos por lo que te avisan que has de estar pendiente de la meteo (en cualquier caso ellos lo están por ti) y cabe la posibilidad de que tengas que cambiar de lugar cada día. A nosotros no nos ha pasado, después de la primera noche si hemos movido el velero ha sido para conocer pero no porque el viento nos obligara. Ha sido una semana muy tranquila.


Por otra parte te avisan de que está prohibido abandonar el barco sin tripulación en cualquier fondeo. Siempre tiene que quedar un tripulante a bordo. Nos contaron que el año anterior de los treinta y pocos veleros que llegaron a Pascua tres se fueron a las rocas; visto así la estadística es medio terrible y tienen razón en imponer limitaciones -claro que en el 2014 ningún barco se perdió- pero a nosotros nos cortaba mucho las alas ¡queríamos conocer algo de la isla-. Los agentes que estaban a mi lado me dijeron por lo bajito que esa era la ley y que su compañero estaba obligado a explicarla y a hacerla cumplir, pero que yo seguramente entendía que la ley era la ley y que la vida es la vida y que si bajábamos los dos a tierra pues que qué se le iba a hacer, que sí me pedían por favor por favor que actuáramos con sensatez y no dejáramos el barco sólo en una situación comprometida (fondeo dudoso, previsión de fuertes vientos) y con un guiño me dijeron que disfrutáramos de Pascua.



Al día siguiente movimos el fondeo hasta Anakena en el norte de la isla ¡QUÉ BONITO! Al salir de San Blas pensé que no volvería a ver un agua así hasta no sabía cuándo, pero ahí estaba el azul turquesa, envuelto en las laderas de una montaña, con un conjunto de rocas grandes rompiendo las olas, con una playa de arena blanca, con una fila de moais custodiando el lugar... Ya tenemos otro lugar para la lista de nuestros lugares inolvidables. Anakena nos robó el corazón.



El segundo día bajamos a la playa con la auxiliar. Teníamos el barco a la vista en todo momento y el viento estaba calmadito. Paseamos, vimos las famosas estátuas, tomamos una empanada chilena acompañada de una cervecita del lugar. A penas nos mojamos los pies en un agua de 19° que a los chilenos les parecía genial y a nosotros congelada... y volvimos a bordo.


Nos quedamos en Anakena tres noches más. Como no veíamos sencillo hacer las compras en Hanga Roa le preguntamos a las señoras que regentaban uno de los puestos de comida si había algún taxi que nos llevara a buen precio desde Anakena, amablemente se ofrecieron a hacernos la compra ellas mismas (no nos cobraron nada más allá de un cambio un poquito favorable para ellas del dólar al peso) y al día siguiente, sin movernos del lugar teníamos leche, huevos, lechuga.


Chile nos estaba gustando -mucho- antes de llegar a Chile propiamente dicho.

Antes de partir hacia Puerto Montt volvimos a Hanga Roa porque teníamos que hacer el zarpe. Como el día estaba tranquilo bajamos los dos y nos dedicamos a pasear por la ciudad y los alrededores. Hicimos las últimas compras (a penas unos huevos y algo de pan porque en la isla todo es c a r í s i m o) y Johan se dedicó a limpiar el casco.

¿os acordáis del bendito “algo parecido a un percebe no autóctono” que encontraron los buceadores de Galápagos, pues sí, ahí estaba. Probablemente es un “algo” que pillamos cruzando el Canal o en el lado pacífico de Panamá porque en dos años en San Blas no habíamos tenido nada ni remotamente parecido, y se había multiplicado increíblemente en el costado estribor del casco. Era bastante feo y a Johan le llevó unas horas enfundado en su neopreno dejar el barco a punto para partir de nuevo.



A las 11 de la mañana del día 7 de diciembre con una anotación en el cuaderno de bitácora que dice “salimos hacia Puerto Montt. Ilusionados. Sol y viento demasiado del sur” y la siguiente “con Pascua en la popa, rumbo sur, día precioso” iniciamos el último tramo de nuestra travesía por el Pacífico

continuará...


3 comentarios:

J. Cabada. dijo...

Llevo siguiendo vuestro blog desde 2008 que comenzasteis a arreglar el Alea, no os leo habitualmente pero me parece totalmente inspirador que sigáis a vueltas por el mundo...
Un saludo desde tierra...envidiando vuestra libertad.
Seguid así.

Andrés dijo...

Saludos y buena proa.

Andrés dijo...

Saludos y buena proa.