miércoles, 11 de febrero de 2015

Por fin! Puerto Montt

Un día nuevo, un país nuevo, una etapa nueva de nuestra vida. Todo para estrenar. Un rincón tranquilo del mundo. Sol. Montañas y árboles. Me gusta.



El día está tranquilo. Nos sorprende el runrun de unos compresores sobre unas barcas que hay en toda la bahía. Averiguamos que nos buceadores (traje de buceo finito a pesar del agua a 16°) que están recolectando marisco. En lugar de botellas a la espalda están conectados a un compresor a través de una manguera larga, muy larga. Su jornada se extiendo por 6/8 horas. Creo que miraré el marsico de otra forma cuando lo vea ofrecido en las lonjas.



Nos tomamos el desayuno en la bañera disfrutando de un paísaje tan diferente a San Blas. Hoy queremos seguir ruta pero estamos en un lugar en el que nuevos factores imponen sus leyes y no podemos levantar el ancla para ir hacia Puerto Montt cuando queramos sino cuando las mareas y las corrientes manden.


La Armada Chilena del puesto de Puerto Inglés nos informa de lo que él plotter y las guías ya nos habían informado. La marea entrante para poder pasar el Canal Chacao será a las 14h pero conviene estar un rato antes embocando el paso. Tenemos que levantar el fondeo alredor de las 12h del medio día aunque el ansia de seguir y por fin llegar, llegar al destino nos tiene inquietos.

Cuando es la hora correcta recogemos la cadena y con ella las primeras hojas de kelp. Son unas algas grandes que abundan desde aquí hasta el sur del continente. La parte positiva es que avisan de bajos y son útiles para la navegación, la negativa es que a veces se enredan en el fondeo y cuando llega el ancla a la superficie lo hace con kilos y kilos de algas. Avisados de esto tenemos a bordo un machete que podemos unir al bichero para deshacernos de las algas cuando sea necesario. A modo de ejemplo visual aquí os dejo una foto del blog de nuestros vecinos en Pto Montt... impresionante!

Rainer y Anne llevan 6 años navegando, Su web www.meerbaer.info.
Según vamos navegando hacia el Canal nuestros ojos se van volviendo locos sin saber a donde mirar: hay tantas clases de pájaron nuevos que no conocemos que estamos encantados, ¡mira ahí salta un delfín de colores muy raros!, ups... ¿aquello son delfines, nutrias, lobos de mar? ¡hay montones!





Me gusta Chile





Al acercarnos al Canal la corriente se empieza a hacer notar. A pesar de estar avisada, es mi primera vez y miro con cara de alucinada la corredera. Tenemos el motor en mínimo y marca 8.9 nudos!



Vaya, resulta que solo era el principio...





Este Canal es el paso que utilizan los ferrys -muchos- que comunican el continente con la isla de Chiloé y miranto las señales del AIS se ve que es una locura... hasta 8 ferrys yendo en ambas direcciones y nosotros buscando un huequito para pasar sin molestar y sin que nos molestes




Johan pone algo de velocidad al motor para maniobrar más fácil -y sobre todo más rápido- el punto de máximo tráfico. La corredera sigue subiendo.


Los lobos marinos parece que están de fiesta y visto y no visto ya estamos del otro lado.

Las guías ofrecen varios fondeos para esperar hasta que la siguiente marea nos acompañe hasta la ensenada donde está Puerto Montt con las tres marinas que ofrece. Elegimos un fondeo que parece protegido y tranquilo junto a Calbuco, se llama Sumidero la Vega.




Al acercarnos vemos que la zona está plagada de boyas a muertos (de muchos tamaños y dudosas cualidades) y algunos barcos de pesca al ancla. Fondear ahí en medio es más complicado que hacer encaje de bolillos. Hay un par de boyas con buena pinta desocupadas y decididos acercarnos a un muelle lleno de pescadores a preguntar si podemos tomar prestada alguna de ellas por una noche. Nos dicen que es más fácil si simplemente nos abarloamos al muelle (flotante) y así lo hacemos agradecidos.



En menos de 10 minutos ya está un señor con una boleta diciendo que el muelle es privado y no hay problema por ocuparlo pero tenemos que pagar. Nos pide el equivalente a 40 euros por noche y nos parece un despropósito (pero queremos quedarnos) y empezamos a regatear, finalmente queda la cosa en 20 euros, los demás pescadores nos dicen que es demasiado pero decidimos que dos meses de travesía y menú de pescado, bien valían el precio, y nos vamos a buscar una panadería (¡no quiero hornear por lo menos en un mes!) y algún restaurante local y sencillo para comer un filete. Nos tomamos unas chuletas de cerdo con salsa de jamón serrano que no sabemos si será por la novedad pero nos saben a cinco estrellas. Caminamos largo después de 20 días y nos vamos a charlar con los pescadores.



Está llegando la flota y venden el producto a pie de calle. Compramos tres merluzas estupendas (limpiadas y fileteadas) por un euro y medio (después sabremos que un precio así no es posible si no estás a pie de la barca de un pescador ansioso por empezar sus vacaciones de fin de año).



Johan se dedica a hablar con los pescadores, curiosos sobre nuestro velero, nuestra ruta, nuestros planes, e intenta conseguir información sobre cómo se pesca en la zona (qué tipo de pescado, qué cebo, etc) y va consiguiendo alguna info de aquí y de allá pero con timidez (a ningún pescador le gusta contar sus secretos ni siquiera a un inofensivo velero que no va a quedarse en su zona)
Yo que ando removiendo dentro, viendo tanto barco más pertrechado, le pregunto a Johan si no es buen momento para deshacernos de 50 metros de cabo pesadote que usábamos en Grecia para amarrar a tierra y que nunca usamos, menos ahora que hemos comprado 400m de cabo flotante, y se lo regala a un pescador.



Minutos después tenemos una fantástica corvina de regalo, unos plomos de pesca y las indicaciones oportunas de como pescar en la zona.




A la mañana siguiente, temprano, empiezan a llegar botes y más botes de pesca. Nos cuentas que la flota no navega la noche de fin de año (estábamos a día 30 de diciembre) y podemos ver que claramente molestamos ocupando un espacio en el muelle.

¿ véis un mástil allá en medio del follón? ¡ es el Alea!
 Los pescadores -acostumbrados a trato menos refinado a sus naves del que nosotros damos al Alea- nos pasan más cerca de lo que nos gusta, oímos un clocnk de alguien que dando atrás nos ha dado en el ancla... hora de marchar.



Salimos algo antes de lo que las tablas de marea indican pero no es una zona con una corriente tan fuerte como la del día anterior.

Adelantamos despacio, disfrutando del paisaje, intentando -sin éxito- contactar con la marina a la que nos dirigimos (el mail y el número de teléfono que aparece en las guías ya no está operativo) y oímos hablar por radio al velero Tara. Son una pareja de Holanda que han navegado los canales de sur a norte la última temporada. Hemos leído su blog con avidez, tomando notas, y ahora están a un par de millas en nuestra proa, dirigiéndose al mismo puerto. ¡qué bonito es esto del internet!

Llegamos a la marina con un viento fuerte y una lluvia insistente. Nos espera el marinero para ayudar en la maniobra. Amarramos en el Club Náutico Reloncaví y damos finalizada oficialmente la travesía Panamá-Chile.

Podremos celebrar el fin de año y pensamos pasar aquí unas semanas. Un nuevo hogar en el que ya nos sentimos instalados!



miércoles, 4 de febrero de 2015

Pascua- Chiloé (versión extendida e ilustrada)

Y con el casco limpio, los ánimos arriba -aunque un poquito cansados, al menos yo, de las más de tres mil millas que llevábamos desde la salida de Panamá- iniciamos el último tramo de la travesía que nos llevaría a Pto Montt.


Levantamos ancla a las 11 de la mañana en un día soleado, con un viento suavito para ceñir cómodos, haciendo algo menos de 5 millas/hora. Todo bien. La temperatura del agua nos daba más de 18°, en el resto de la travesía el descenso de la temperatura del agua sería como nuestro “termómetro” de cuan al sur estábamos llegando.



Si en el trayecto hasta Pascua me dediqué a “entenderme” con el piloto de viento, en este tramo se me fueron buenas horas estudiando cositas de meteorología (Johan como siempre ha demostrado paciencia como profesor y no ha escatimado horas ni dibujitos para aleccionarme en el tema que ¡mira por dónde! me ha resultado muy interesante). Para empezar no hacíamos ni de lejos rumbo directo a Puerto Montt sino que apuntábamos al sur ¿por qué? Preparaos! ahí van unos datos más técnicos. Vaya por delante que he aprendido mucho pero sólo soy aprendiz así que posiblemente mi explicación será muy simplista para los entendidos, pero incluso así puede ser muy tostón para aquellos a quienes el tema no interesa. A sabiendas de todo ello, ahí vamos

¿por qué no hacíamos rumbo directo Pascua-Pto Montt?

Esta es la ruta que recomiendan los diversos libros (ahí se aprecia la curva)


Entre Isla de Pascua y el continente casi siempre hay una alta presión importante (algo así como la que suele estar sobre las Azores) que es más o menos grande y está algo más o menos al sur dependiendo de la época del año pero ahí está


A esto hay que sumar la dirección de las corrientes en la zona que viene a ser esto


Los vientos que prevalecen en el área dependen de la época del año. Entre julio y septiembre este sería el esquema de predicción general


Y este el de los meses de octubre a diciembre


Como veis la mejor forma de llegar a Puerto Montt (acompañados tanto de los vientos del oeste que vienen desde Australia como por las corrientes favorables) es navegar dirección sur hasta encontrar los elementos favorables. Navegando entre julio y septiembre los westerlies (vientos del oeste) ya se encuentran en los 33° Sur pero la posibilidad de encontrar tormentas provocadas por las bajas presiones que vienen de la misma dirección es muy alta lo que casi te asegura bastantes días de navegación dura y difícil (el precio de acortar el camino).

Navegando entre octubre y diciembre, la posibilidad de tormenteas y vientos duros es muy escasa pero lo habitual es tener que navegar hasta 39° Sur.

Y nosotros elegimos la opción más segura y dentro de ella el mes de diciembre que es el de menos riesgo de fuertes vientos.

Por eso nuestra travesía empezó con rumbo sur (hacíamos rumbo entre 170-190°) y nuestro objetivo, buscar viento allá abajo. La estrategia concluía con la programación de la arribada. Llegados a la costa continental chilena, los vientos son -en esta época y en el 90% de los casos- de componente sur. Por eso es importante “apuntar” algo más abajo de Puerto Montt y dejar que viento y corriente te lleven al canal de entrada que se recorta al norte de Chiloé; si se apunta directo a la entrada, se corre el riesgo de acabar en Valdivia sin remedio. Ok, teoría aprendida, todo avante capitán!



Iniciamos el viaje a vela, con buen ángulo de viento y buena velocidad, dirigidos por el piloto de viento; iban pasando las horas. Al llegar la noche empezaba a sentirse el frío y con el paso de los días hicieron aparición las ropas de abrigo: los primeros días algún suéter de manga larga, algunas noches ya usábamos ropa interior térmica, más adelante tocaría buscar los calcetines más gordos y los últimos días guantes y bufandas...

El cuarto día de la travesía -y faltaban muchas millas por delante- el viento fue cayendo hasta hacer necesario el motor. No habíamos cargado más diesel en Pascua porque nos quedaban unos ¾ de depósito y esta ruta se caracteriza por los vientos de más, más que por su escasez, sin embargo – volvemos a explicar que este año había previsión del fenómeno del Niño -suavito pero ahí- se hacía notar. Los partes de meteo dejaban claro que estábamos entre dos altras presiones en una zona que se acercaba mucho a la calma chicha.

Los días siguientes fueron tranquilos a bordo pero el viento -juguetón- iba y venía. Como no se puede ir a motor a más de 1000 rpm con la pala del timón de viento en el agua, el único lío era que Johan debía recoger y volver a montar el piloto a cada rato (también es cierto que no teníamos mucho más que hacer... pero se hacía pesadito) y así ibamos avanzando con la confianza de que más al sur el viento nos iba a sobrar.



En la anotación del cuaderno del 13 de diciembre escribo que “parece que navegar rápido y tranquilo es posible. ¡qué maravilla!” y lo escribo tras apuntar que hace horas que llueve. Decir que la capota nos ha ayudado mucho y que cuando se navega bien, la lluvia nos ha parecido un mal menor (sobre todo porque no teníamos que estar plantados en la rueda!)


En cuanto a la cocina, este viaje he estado menos entusiasta a la hora de fotografiar los menús pero no hemos comido nada mal. Como siempre, me encantan los fogones, cada día hemos tenido un plato bien elaborado en la mesa. Los primeros días con el atún que pescamos durante nuestro paso por Pascua, a la semana de salir con una albacora de no menos de 10 kg que nos alimentó una semana larga: rebozada, con pasta, con arroz, en croquetas, albóndigas, a la plancha, guisada con patatas...
Como las dos capturas del viaje han sido muy grandes nos hemos abstenido de echar más la caña porque los botes de hacer conservas estaban todos llenos, pero de nuevo no nos podemos quejar porque el mar nos ha dado todo lo necesario.



Lo más pesado de la travesía no ha sido la lluvia, o las temperaturas que iban bajando, lo peor han sido de nuevo -por lo menos para mi- las noches de guardia.
A pesar de los dos paroncitos, han sido muchos los días de mar y muchas las noches de guardia. Yo recuerdo haber llorado un par de veces hacia el final (de pura rabia o autocompasión, encerrada en el baño) a penas unos minutos antes de decirme “pero bueno! Si falta casi nada” y sí, lo cierto es que podría haber seguido sin daños permanentes a mi salud por semanas y meses... pero no tenía ganas. Entre las noches y las siestas, teníamos más que cubierto el cupo de sueño necesario. No es que la cosa fuera traumática... es sólo que a mi me cuesta.


Pero entre quejas y lamentos, el mar se portaba bien con nosotros y aunque alternábamos días de buen viento, velas rizadas, otros tocaba echar mano del motor. Empezábamos a pensar que íbamos a hacer corto de diesel!

Llegamos a los 39° Sur y el viento no aparecía. En nuestras conversaciones con Miguel, durante días, la conclusión siempre era la misma: “tendrán que ir más al sur, muchachos” Y mapas de la zona dibujaban viento, sí, y mucho a veces, pero allá en los 45°S ¡y no queríamos bajar tanto!

Johan iba llenando libretas con los pronósticos y las estrategias.



Pero -quieras que no, los elementos marcan- aun cuando arrumbamos a continente no pudimos hacerlo con un rumbo E sino SE y un día nos plantamos en los 43°... sin demasiado viento. A ratos poníamos el motor a 1000 rpm para apoyar a las velas atangonadas e ir avanzando pero siempre teniendo presente que queríamos una buena reserva de diesel para hacer las millas que nos separarían de Chiloé a Puerto Montt en un escenario donde los vientos eran mucho más inciertos.


 

 Por primera vez navegamos en medio de una niebla espesa; para todos aquellos que dicen que debe dar mucho respeto navegar tantos días viendo solo agua ¡es mucho mejor que navegar viendo nada! Con el apoyo del radar y la tranquilidad que da estar en una ruta poco transitada (aunque en mitad de la nada nos cruzamos con un mercante chino, hay que estar siempre alerta) navegamos sin problemas cual barco fantasma



Con el viento entrando por popa cerrada, con orejas de burro (una vela a cada banda) el Alea adelantaba bien, pero menos feliz que con otros ángulos y notábamos que cabeceaba más de lo que querríamos. Puesto que teníamos bastante peso en proa, Johan decidió que ganaríamos en estabilidad desplazándolos a popa y así una tarde nos dedicamos a pasar kilos y kilos de cabo (tenemos 400 m de cabo flotante de amarre para los canales más una jarcia de labor completa de reserva) y los tanques flexibles de agua hacia el camarote de popa y ¡mejoramos un montón!


Un día, en un control rutinario para comprobar que no había agua en las sentinas, vimos que ¡ah! había un poquito de agua ¡no! era salada. Después de una investigación breve vimos que era la bomba de agua salada de la refrigeración del motor que perdía unas gotas (a penas unas 3 o 4 gotas por minuto) y echamos mano de los amigos y la BLU (¡cuánta compañía nos ha hecho la radio) para confirmar que era una avería menor y que no nos iba a dar problemas hasta llegar a puerto. El Archibald, el Cibeles, el Nomade... todos ahí a poner la oreja y a compartir sabiduría. Nos confirmaron lo que sabíamos y vigilantes pero tranquilos seguimos adelante!


Y como no todo va a ser quejarse, deciros que tuvimos días MARAVILLOSOS en los que nuestra mayor ocupación era mirar al cielo.




















Llegó la Navidad y no hicimos nada especial -todos los días eran lindos y especiales- más que poner nuestro Papá Noel marinero!






Porque a estas alturas la única preocupación era adivinar cuántas noches nos faltaban y si llegaríamos para celebrar el fin de año en la marina.

Las previones de meteo eran tan cambiantes que nos estaban volviendo locos. Para unas mismas coordenadas un día la previsión era de 15 nudos del W, al siguiente 25 del N y al siguiente 0 viento... parecía que íbamos a necesitar ir a motor más de 48 horas y nuestras reservas de diesel estaban bajitas.

Además, si los vientos costeros debían ser (según las famosas estadísticas) del sur, teníamos un Norte establecido que nos desbarataba los planes.

Finalemente, los dos últimos días fueron los más duros en cuanto al viento.



Con 30 nudos bien establecidos entrándonos entre el través y la aleta pero con una corriente en contra que formaba una ola corta e incómoda, con las velas rizadas y el piloto de viento trabajando, con rumbo directo al canal de entrada entre Chiloé y el continente pasamos las últimas noches tranquilas pero vigilantes y por fin el día 28 quedó claro que pasaríamos la noche durmiendo fondeados en Puerto Inglés al norte de Chiloé.


Las últimas millas fueron tal vez las más tensas porque el viento era duro, la corriente importante y el paso nada gigantesco. Los dos bien abrigados porque llovía y hacía frío, mano a mano en la cubierta, nos aproximamos al final de la más larga de nuestras travesías.





Llegamos a Puerto Inglés y siguiendo las indicaciones de las guías fuimos a buscar el mejor punto para dejar caer el ancla. Johan a la rueda, yo frente al ancla, la lluvia parecía nieve, el viento castigador. Pensé -con lágrimas en los ojos- que tal vez Chile era un país frío e inhóspito, que tal vez nos habíamos equivocado...

Echamos el ancla y nos preparamos un buen tazón de café. Nos deparara el país lo que nos deparara, íbamos a dormir del tirón hasta cansarnos.


Reportamos nuestros datos y posición a la armada chilena... y nos fuímos a dormir, en los mares del sur



A la mañana siguiente nos despertamos descansados, extraños, felices. Nos recibió un día soleado, parecía que estábamos en el lugar más bonito del mundo. Sí, Chile nos daba la bienvenida con su cara más linda, la que nos viene mostrando desde entonces. La que definitivamente nos ha enamorado.




jueves, 22 de enero de 2015

Travesía Galápagos-Pascua (versión larga e ilustrada)

Salimos de San Cristobal casi con nocturnidad cuando rompía el alba. El viento -más al sur de lo que esperábamos- nos permitió “cortar la curva” que habíamos dibujado en nuestra ruta para salir del archipiélagos de las Galápagos; teníamos buen viento (unos 15/18 nudos entrando en 50 grados de babor), hacíamos mejor rumbo del esperado... lo entendimos como el presagio de una buena travesía y no nos equivocamos.



En el cuaderno de bitácora leo que un nubarrón puso el viento loco por un rato, que llovió algo y que había refrescado con relación a Panamá, pero lo que más se repite en las anotaciones es “todo tranquilo”.

El viento los primeros días fue variable pero no hubo que poner el motor para nada, incluso probamos la trinqueta (es con garruchas y no la teníamos en cubierta) y dejamos la maniobra preparada para poder abrirla fácil si el viento subía mucho.



A lo que uno no se acaba de acostumbrar es a las guardias nocturnas (bueno, yo no) y si en tres o cuatro días el cuerpo se medio habitúa al ritmo, una noche de sueño sin interrupciones es suficiente para que lo pierda.
Las tres noches de Galápagos me pusieron de nuevo en la casilla de salida. No recuerdo demasiados momentos concretos de la travesía pero sí el mal humor de esos primeros días (solo superado en cuanto a mala onda por el de los últimos días) cuando Johan me llamaba. Recuerdo haberle dicho que aunque habíamos hablado de la posibilidad de seguir ruta hacia Suráfrica cuando llegáramos a Pto Williams, haberle dicho que lo sentía, pero que yo no quería hacer más travesías largas después de llegar a Chile; solo quería costear, nada de Sudáfricas, ni de Japones o Alaskas, nada de Polinesias...



La tarde siguiente, mientras yo preparaba un té, Johan me dijo que había delfines. Siempre son lindos de ver, siempre te da un subidón, así que subí a saludarlos. La sorpresa, la mayor de las sorpresas, es que no eran un par de delfines sino decenas y decenas de ellos; miraras dónde miraras había delfines en grupos de tres, cuatro, seis, saltando, haciendo cabriolas. Sacamos las dos cámaras de fotos, andábamos como locos de un lado a otro. Por la luz nos iba mejor fotografiar a babor y al rato nos dimos cuenta que la mayoría de los delfines se habían situado en ese lado del Alea. Les gusta la compañía, la atención, el juego, todos querían su foto y parecía que posaran para nosotros.



Johan, con un abrazo y una sonrisa, me hizo notar que a mis quejas sobre las navegaciones largas, el océano me respondía con sus mejores embajadores. En ese momento prometí que no iba a conseguir disfrutar de las guardias nocturnas pero que sería capaz de hacer cualquier navegación que decidiéramos entre los dos porque a los malos ratos se suman momentos impagables... y la balanza -vistas las cosas desde la calma que da la perspectiva- siempre es a favor del mar.


En una anotación del 18 de noviembre escribo “gracias a Neptuno por la travesía más tranquila de nuestra vida. Qué bonito es navegar cuando se navega bonito”, sólo cuatro horas más tarde anotamos que hemos pescado un mahi-mahi de más de 10 kilos que nos daría de comer por toda una semana (y un par de botes de conserva). En verdad a veces no sé de qué me quejo (bueno, si, de mal dormir).

Después de andar rizando velas, con vientos por encima de los 20 nudos, la cosa fue cambiando; con el paso de los días el viento fue girando a popa como para recordarme que no debía haberme quejado de tanto ceñir porque estoy cansada de decir que prefiero la ceñida que la empopada... y de desempolvamos el tangón, recordamos la maniobra, empezamos a movernos como una coctelera y de nuevo parecía que estábamos cruzando el Atlántico.


En este tramo de travesía mi mayor ocupación fue llegar a entenderme con el nuevo piloto automático. Hay anotaciones en las que digo “me rindo, pongo el piloto electrónico y que Johan lo arregle”, pero días después hay otra que dice “sigo peleando con Fleming” seguida de una anotación de la guardia de Johan que díce “lo has conseguido, me lo has dejado bien trimado” (tenemos estas cosas de hablarnos a través del cuaderno de bitácora). Al final gané la batalla y aunque sigo estando un par de niveles por debajo de Johan en el manejo del instrumento, diremos que ya puedo navegar con él sin problemas y que se ha portado genial toda la travesía, especialmente después de Galápagos con su nueva veleta. Ha llevado el barco a rumbo en todo momento (salvo cuando el viento era tan escaso que hacía que el barco fuera ingobernable) y se ha gando nuestra confianza. Un 10 para Fleming.



Y el viento que nos había acompañado durante días se fue viniendo a bajo. Probamos con el tangón y más tarde con el génnaker -pero como yo no quería la vela grande en mis guardias nocturnas- tocó poner el motor para adelantar.


La temperatura en las noches ya iba bajando y montamos la cama grande en el salón y sacamos el nórdico para abrigarnos ¡qué gusto después de tres años en los que hasta una fina sábana molestaba por el calor!

Los días previos a la llegada a Pascua fueron de lucha por sacar unas millas a vela alternando con largos ratos a motor (motor apoyando el génova, motor sólo con la mayor para estabilizar) y de nuevo viento suficiente para avanzar a buen ritmo con una vela a cada banda. Algún que otro rato de lluvia y por fin Pascua a la vista.


Pascua es una isla montañosa por lo que la vimos desde una buena distancia; primero ves una cumbre y dices “Pascua a la vista” y después ves otra cumbre y dices “no está mal el tamaño de Pascua” y después ves una buena montaña y dices “pues si que es grande Pascua” y poco a poco la ladera se define, el verde del pasto y el ocrre de la tierra, la escasez de árboles, las olas rompiendo con la costa.

Recién llegados a territorio de la isla recibimos la llamada de Pascua Radio: la armada chilena tiene fama de ser una de las más activas en cuanto al seguimiento de los veleros que hay en sus aguas. No sabemos qué tan estrictos serán en un futuro pero desde luego en Pascua -tal vez porque éramos el único velero- nos han llamado como mínimo una vez cada día para ver cómo andábamos. Tal vez habrá quien se sienta controlado, pero la verdad es que yo me siento (o he decidido sentirme, que para el resultado es lo mismo) mimada y protegida. Son gente simpática!

Preguntaron qué intenciones teníamos y al decir que fondear en Hanga Roa -la capital- nos informaron de que el viento era fuerte y la ola fea pero que ok. Al aproximarnos vimos que el mar estaba muy agitado y pedimos permiso para fondear en Vinapu -uno de los cuatro fondeos de la isla- situado al sur.

Navegamos con las cartas de Navionics y tenemos el archivo del continente americano pero , oh! Sorpresa, Pascua debe considerarse una isla del Pacífico (que lo es) y no aparece en nuestras cartas (a pesar de ser parte del continente americano) bueno, salir sí que sale, pero con una forma de cajita de zapatos que ni coincide con el perfil de la isla ni está situado en el punto geográfico que corresponde, así que por primera vez hemos navegado guiados únicamente por el compás y la vista y con la carta de papel del Atlas de la armada chilena.


Con el visto bueno de la armada pusimos rumbo al fondeo, pasando por un pasillo entre la isla y unos islotes bellísimos ¡guau! Qué bonito esto de Pascua. Llegamos al fondeadero y seguimos las buenas indicaciones de las cartas de la armada. Indican un punto de 20 metros de calado -mucho- pero que es una gran mancha de arena -buen agarre- y allí nos quedamos sabiendo que a media noche el viento iba a girar e íbamos a estar fatal y posiblemente tocaría movernos hacia Hanga Roa de nuevo. Yo sólo pedía que eso fuera más tarde que temprano para poder dormir del tirón... pero no!

Por el sonido del viento era fácil saber que la cosa se iba poniendo fea. Con vientos de 25 nudos y el ancla echada en más de 20 metros urgía moverse porque las olas eran cada vez más altas en el fondeo y nos daba miedo romper el molinete. La ilusión de dormir 8 horas del tirón tendría que esperar un día más. A las 3 de la madrugada, noche oscura, ya estábamos navegando de nuevo. Menos mal que teníamos guardado el track en el plotter y que el radar funciona de maravilla, porque no se veía nada y sabíamos que teníamos un pasito un tanto angosto que pasar. Informamos a Pascua Radio de que nos movíamos -nos habían pedido avisar de cualquier movimiento- y nos dieron el visto bueno pero pidiendo que no llegáramos a Hanga Roa antes del alba ¡¿?! sólo son 8 millas y era pura noche... en fin, pusimos motor al mínimo y fuimos avanzando despacito con la esperanza de llegar cuando despuntara la luz del día. Llegamos al nuevo fondeo cuando el sol apenas apuntaba pero bien, vimos en el último momento una serie de boyas ¿serían para fondear? pero decidimos ir al ancla donde las cartas indican.


Estábamos a punto de largar cadena cuando nos llaman por la radio y nos dicen que ya podemos fondear porque estamos en un buen punto... nos estaban viento desde sus oficinas y coincidían con nosotros en la posición del fondeo, bien está lo que bien acaba.

Fondeados nos fuímos a echar una cabezadita con el aviso de que a las 11 venían las autoridades a hacer la entrada y demás papeleo.



Cuando para nosotros eras las 9,40h y aun andábamos dormitando volvió a sonar la radio (empezaba a hacerme menos gracia esto del monitoreo constante) para avisar que llegaban en menos de 20 minutos, agrrrr... resulta que teníamos el reloj una hora mal, así que casi nos pillan despeinados y sin el primer café de la mañana.

Llegaron a bordo 7 personas (entre aduanas, sanidad y demás) y empezaron a llenar papeles. Muy amables y serviciales nos dijeron que eramos el velero 38 que llegaba a la isla ese año y que era el año que habian recibido más veleros de su historia! El encargado de sanidad -sin bajar a rebuscar en las sentinas- me preguntó si teníamos productos frescos y se llevó mis dos cebollas, unos ajos y un par de patatas... nada con respecto a mis conservas!!! todo bien


La entrada en el país nos daba derecho a estar tres meses en él -renovables por tres meses sin necesidad de salir del país, coste del trámite 100 dólares por persona- y un año para el velero. Nosotros habríamos preferido que al salir de la isla los tiempos se pusieran en cero y volver a hacer la entrada en el país en Puerto Montt, porque haciendo el papeleo en Pascua todo el mes que pasaríamos navegando para llegar a Pto Montt restaría de esos tres meses que disponemos, pero no había otra opción. El barco puede estar todo un año en el país, renovable a un segundo año, pasado ese tiempo has de salir del país (y puedes volver sin problemas) o tienes que importar el velero. La gente de otros barcos nos cuenta que estando en el sur no hay problema porque ir de Puerto Williams a Ushuaia es algo habitual y ahí ya cambias de país, y que para los tres meses estando más al norte o en la zona central de los canales, lo normal es tomar un bus por tierra a territorio argentino que por los mismo 100 dólares o un poquito menos te resuelve la papeleta y te permite hacer un poquito de turimo; nosotros esperamos ir a Bariloche antes de partir para el sur!


Todos los trámites tienen un costo de 8 dólares. Eso sí, en Pascua no hay ningún fondeo seguro para todos los vientos por lo que te avisan que has de estar pendiente de la meteo (en cualquier caso ellos lo están por ti) y cabe la posibilidad de que tengas que cambiar de lugar cada día. A nosotros no nos ha pasado, después de la primera noche si hemos movido el velero ha sido para conocer pero no porque el viento nos obligara. Ha sido una semana muy tranquila.


Por otra parte te avisan de que está prohibido abandonar el barco sin tripulación en cualquier fondeo. Siempre tiene que quedar un tripulante a bordo. Nos contaron que el año anterior de los treinta y pocos veleros que llegaron a Pascua tres se fueron a las rocas; visto así la estadística es medio terrible y tienen razón en imponer limitaciones -claro que en el 2014 ningún barco se perdió- pero a nosotros nos cortaba mucho las alas ¡queríamos conocer algo de la isla-. Los agentes que estaban a mi lado me dijeron por lo bajito que esa era la ley y que su compañero estaba obligado a explicarla y a hacerla cumplir, pero que yo seguramente entendía que la ley era la ley y que la vida es la vida y que si bajábamos los dos a tierra pues que qué se le iba a hacer, que sí me pedían por favor por favor que actuáramos con sensatez y no dejáramos el barco sólo en una situación comprometida (fondeo dudoso, previsión de fuertes vientos) y con un guiño me dijeron que disfrutáramos de Pascua.



Al día siguiente movimos el fondeo hasta Anakena en el norte de la isla ¡QUÉ BONITO! Al salir de San Blas pensé que no volvería a ver un agua así hasta no sabía cuándo, pero ahí estaba el azul turquesa, envuelto en las laderas de una montaña, con un conjunto de rocas grandes rompiendo las olas, con una playa de arena blanca, con una fila de moais custodiando el lugar... Ya tenemos otro lugar para la lista de nuestros lugares inolvidables. Anakena nos robó el corazón.



El segundo día bajamos a la playa con la auxiliar. Teníamos el barco a la vista en todo momento y el viento estaba calmadito. Paseamos, vimos las famosas estátuas, tomamos una empanada chilena acompañada de una cervecita del lugar. A penas nos mojamos los pies en un agua de 19° que a los chilenos les parecía genial y a nosotros congelada... y volvimos a bordo.


Nos quedamos en Anakena tres noches más. Como no veíamos sencillo hacer las compras en Hanga Roa le preguntamos a las señoras que regentaban uno de los puestos de comida si había algún taxi que nos llevara a buen precio desde Anakena, amablemente se ofrecieron a hacernos la compra ellas mismas (no nos cobraron nada más allá de un cambio un poquito favorable para ellas del dólar al peso) y al día siguiente, sin movernos del lugar teníamos leche, huevos, lechuga.


Chile nos estaba gustando -mucho- antes de llegar a Chile propiamente dicho.

Antes de partir hacia Puerto Montt volvimos a Hanga Roa porque teníamos que hacer el zarpe. Como el día estaba tranquilo bajamos los dos y nos dedicamos a pasear por la ciudad y los alrededores. Hicimos las últimas compras (a penas unos huevos y algo de pan porque en la isla todo es c a r í s i m o) y Johan se dedicó a limpiar el casco.

¿os acordáis del bendito “algo parecido a un percebe no autóctono” que encontraron los buceadores de Galápagos, pues sí, ahí estaba. Probablemente es un “algo” que pillamos cruzando el Canal o en el lado pacífico de Panamá porque en dos años en San Blas no habíamos tenido nada ni remotamente parecido, y se había multiplicado increíblemente en el costado estribor del casco. Era bastante feo y a Johan le llevó unas horas enfundado en su neopreno dejar el barco a punto para partir de nuevo.



A las 11 de la mañana del día 7 de diciembre con una anotación en el cuaderno de bitácora que dice “salimos hacia Puerto Montt. Ilusionados. Sol y viento demasiado del sur” y la siguiente “con Pascua en la popa, rumbo sur, día precioso” iniciamos el último tramo de nuestra travesía por el Pacífico

continuará...